La nefasta década del `90 comenzó con uno de los peores hechos a nivel judicial y social para nuestro país
Un 28 de diciembre y contradiciendo a acuerdos internacionales, el ex presidente que nos gobernó durante la segunda década infame “indultó” a las cúpulas militares que mantuvieron el poder durante la última dictadura. Por suerte el año pasado la Corte Suprema falló en contra de estos indultos y puso fin a una injusticia que duró casi 20 años
¿Se puede perdonar a quién no se arrepiente de lo que hizo? ¿Se puede indultar a quien no quiere ser indultado?
A partir de esta medida tan impopular la palabra indulto quedó asociada a la vergüenza, al oprobio, a la sinrazón. A partir de este hecho indultar a alguien se asemeja a un signo de debilidad, de sometimiento, de inmoralidad.
¿Quiénes son los que se merecen nuestro indulto?
Seguramente si un desconocido actúa contra nosotros nos defenderemos al instante. Si el acto es mayúsculo buscaremos revancha o venganza. Pero si el que nos hace un daño es un pariente o un amigo ¿buscaremos venganza? ¿Nos olvidaremos de él para siempre? ¿Seremos indiferentes a su vida?
Creo que la historia compartida, la vida vivida en conjunto, las alegrías y tristezas acompañadas por estas personas que por alguna razón ahora nos hacen daño son un justificativo valedero que respaldan un indulto de nuestra parte. Repito, sólo los amigos y los parientes son pasibles de nuestro perdón
Pero cuidado, que indulto significa perdonar la pena y no el hecho producido. Se diferencia de la amnistía porque ésta perdona el hecho. En el indulto la persona sigue siendo culpable pero sin pena que cumplir porque ésta fue dispensada.
¿Hemos indultado a alguien alguna vez? ¿Somos capaces de perdonar? Cuándo nos “enfriamos” y miramos a nuestro alrededor ¿Estamos capacitados de ver a nuestro amigo detrás del daño que éste nos produjo?