
Siempre que quiero expresar mis ideas, y mis entendederas no me acompañan, trato de recurrir a alguien más pensante que me aisita. El siguiente escrito pertenece al periodista Reynaldo Sietecase y me pareció que valía la pena compartir. Se pueden agregar varias cosas, como por ejemplo que un candidato de la provincia de Buenos Aires gastó fortunas en su propia campaña (¿qué espera ganar ante semejante inversión?). Que no declaró nunca cuánto dinero tiene, ni cómo lo consiguió ni cuánto gastó en dicha tarea. Que el ex presidente, que se proclamó como representante de la nueva política, negoció con los peores representantes del conurbano su posible triunfo electoral. Que una de las líderes de la oposición en
A votar
Terminó la campaña más pobre de los últimos años en el país. Finalmente, llegó la hora de votar.
Hubo de todo.
Adelantamiento de las elecciones por conveniencia política.
Se inventaron las célebres candidaturas testimoniales, es decir los candidatos que serán votados y no van a asumir.
Aparecieron dirigentes que dejaron los cargos para los que fueron votados para ser candidatos… en muchos casos para ocupar cargos que abandonarán en el 2011, otra vez.
Casi ningún partido político hizo internas, limitando al extremo la participación popular. La mayoría de los candidatos fue elegida a dedo por el jefe del sector o el hombre fuerte del partido. Por eso abundan en las listas las esposas, los hijos y las amantes.
Se violó reiteradamente el código electoral: hubo actos oficiales e inauguraciones sólo para hacer campaña política.
Se prometió lo que de antemano se sabe que no se va a cumplir
Se manipularon encuestas.
Algunos medios de comunicación, como nunca antes, tomaron partido pero de la peor manera, defendieron a sus candidatos y demolieron a quienes creían peligrosos para sus intereses… Y los lectores, los oyentes, los televidentes… bien gracias.
Además, tuvo más peso el marketing que las ideas, la parodia que la verdad, la plata que la voluntad.
Aún así… votar es un ejercicio indispensable.
En este país costó muchas vidas entenderlo.
Está claro que votar no alcanza para cambiar una realidad injusta. Para eso se requiere participación activa todos los días. No importa dónde. Puede ser en los partidos políticos, en los sindicatos, las cooperadoras escolares, los clubes, las asambleas, el barrio.
Cuando comprendamos eso, dejaremos de ser ciudadanos de baja intensidad, tipos que cada dos años cumplen con el sufragio como un ritual y se desentienden.
Y se sientan a criticar a sus dirigentes.
Esto cambiará sólo si nosotros mismos nos comprometemos con el cambio.