
No le tengo mucha consideración a los velorios. Voy porque sé que si lo hago alguien se va a sentir acompañado. Pero no me gusta la idea de quedarme, en mi mente, con la representación del difunto dentro del cajón. Prefiero recordarlo en otros momentos, pero esa imagen siempre se me repite recurrentemente.
Además me parece una tortura para la familia y amigos cercanos. Muchas horas de vigilia, saludando a conocidos y no tanto, consolando en vez de ser consolados…
Sobre todo en las muertes repentinas. La crisis por la sorpresa no se diluye rápido y empiezan los problemas cuando hay que conversar.
Pero, a su vez, me conmueven las muestras de afecto. La gente que llora, que sufre a un costado. Peteco cantando junto al cajón de Mercedes Sosa. Los chicos junto al cantante Rodrigo. La cola interminable que pasaba junto a Raúl Alfonsín. Las “chicas” cantando en la calle esperando que pase Sandro rumbo a su destino final.
No seguí mucho el velorio de Néstor Kirchner, pero cada vez que miraba la transmisión notaba a mucha gente emocionada. Muchos que no lo conocieron pero que lloraban abrazados. Muchos que le demostraron afecto a Cristina, su esposa. Muchos que saben que es el fin de algo pero que temen el comienzo que se aproxima. Muchos que saben que tiene que hacer el “aguante”.
Es momento de recogimiento, de silencio. Pero la muerte es también reorientarse para seguir avanzando, es parar la pelota y mirar la cancha para ver por dónde se adelanta, es seguir porque detenerse es una afrenta